Cuando era un niño, mi mamá me prohibía pasar por delante de las puertas de metal para evitar que me golpeen, pues muchas veces las abren bruscamente. Así durante toda mi niñez. A veces, cuando iba solo y veía alguna de esas puertas, bajaba a la pista para evitar ese golpe mortal que podría causarme una de esas fortísimas y salvajes puertas. Al menos eso pensaba que pasaría.
Conforme fui creciendo (bien despacio y no mucho), preferí usar el poder de mi mano para detener aquel golpe mortal y, así me ahorraba los 6 o 7 pasos que involucran bajar a la pista y subir a la vereda nuevamente. Aun así, no puedo evitar ponerme nervioso o, más bien, tenso cada vez que paso por una de esas tenebrosas puertas de metal. Igualmente, le tengo miedo a los kioskos que sólo sostienen sus ventanas con un palo delgado de metal o madera, pues me puede caer en la cabeza y matarme o mucho peor. ¡Y ni qué decir de los estibadores! Qué pánico les tengo. No puedo pasar cerca de ellos ni por chiste.
Para no hacerla más larga (y para no sonar TAN tonto con mis miedos), ya no mencionaré más, pero con todo esto he concluido que le tengo miedo a lo súbito. Cualquier cosa que pase de manera repentina hará que me paralice y enerve mucho.
No reacciono rápido casi nunca. Le temo a hablarle a gente que no conozco ("Romper el hielo" le dicen). sudo y me baja la presión cuando tengo que exponer, etc. Todo porque mi mamá me obligó a no pasar delante de las puertas de metal. ¡Gracias, mami!
Cuando veo un perro delante de una puerta prefiero cruzar la calle para no tener que enfretarlo. No me gustan los perros ajenos. Me desespero cuando ladran. O Cuando supuestamente son mansos y juguetones. No los soporto.
ResponderEliminar