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jueves, 13 de diciembre de 2012

¡Yo!

Hoy quise darme a conocer un poco ante ustedes. No sé si les interese o no, pero quise hacerlo y ya. 

18 años. Estudiante de Educación en idiomas extranjeros por la santa voluntad de mi madre. Acuario. Amante de los animales: a favor de la adopción de crías, en contra de la corrida de toros, pelea de perros y gallos, y no mato a ningún animal si no representa un daño inminente; no soy vegetariano, aunque lo fui a los 6 o 7 años, ni vegano. Trato de ser lo más ecológico posible. Bailo y canto por la calle hasta que me doy cuenta que, pues, ¡estoy en la calle! Ateo, gracias a Dios. Disfruto tanto de la tranquilidad que me da estar en mi cuarto solo, escuchando música y disparateando, como del cague de risa que es estar entre amigos y disparatear aun más. Mientras más amo tomar, más odio la resaca que da hacerlo. Sueño con ser famoso, tener plata y cachetear a todos con mi fajo de billetes. Lucho por lograr la igualdad a las personas. Matrimoniado con la música pop (Lady GaGa, Britney Spears, Black eyed peas, etc.). Gusto de todo lo que tenga que ver con el arte: fotografía, danza, teatro, baile, canto, escultura y así. Hablo inglés a la perfection, beibi y un poco de le français, oui oui. Me encanta deprimirme porque lloro y creo que llorar es una purificación para el alma. No creo en el esoterismo y soy una bestia en tecnología. Recontra inmaduro. Amo rascarme los pies, tomar Inca kola o Fanta y los plátanos fritos.

MaaZ naah. Komo iiO* No nkontrArazz otrRo xD! Uhhniko e InkoMparabLee!*] Ay, lo siento, también tuve mi etapa amixer, así como una emo y hasta rasta. Supongo que fue parte de crecer.

martes, 11 de septiembre de 2012

Zambito cachetón travieso y juguetón

Esta semana he tenido dos experiencias con fiestas infantiles: una mala y una muy satisfactoria.

La primera fue cuando fui a recoger a mi prima de 12 años a la fiesta de su amiguita del colegio. Asumí que habrían chocolates, caramelos, torta, piñata, dalina, payaso, sorpresas y todas esas cosas que caracterizan (o caracterizaban) a una fiesta infantil. La triste realidad fue que salió de la fiesta con las manos vacías. Sí, vacías. "¡¿Y los dulces?!" - exclamé de inmediato. Alejandra, mi prima, y Silvia, mi tía, me miraron como diciendo: "¿Qué te pasa?". En realidad, me lo dijeron. "Es una fiesta de 12 años, ¿cómo crees que van a haber dulces?". Sonreí para disimilar mi asombro.
Estuve consternado todo el camino de regreso. Al bajar de la movilidad dije: "No quiero vivir en un mundo donde las fiestas de niñas de 12 años (que yo considero como fiestas infantiles) son sin dulces. ¡¿Dónde quedó todo eso?!". Luego lo publiqué en Facebook.

Creo que lo que más me sorprendió fue la normalidad con la que lo tomaba mi tía. Es decir, ¿no le preocupa el futuro de su hija?
Se está perdiendo todo sentido de inocencia en los niños. Ya no quieren ver programas tipo Plaza Sésamo, Barney o Teletubbies. Ahora prefieren ver Combate, sufrir con Al fondo hay sitio y las infinitas bodas fracasadas de Charito y saberse la coreografía y letra de todas las canciones de Chino y Nacho.
En serio, no quiero un mundo así.

Al día siguiente fui al cumpleaños de una prima a la que recién ahí conocí. Mi familia es muy unida. Cumplía 2 años y estaba preciosa de rosado con varios moñitos en la cabeza. Hello kitty por toda la casa, un arsenal de globos, torta, Olé-Olé, chupetines y demás dulces en la mesa. ¡Esta sí era una fiesta infantil!
Fui increíblemente feliz estando allí. Bailaba como la dalina en una esquina, participé en un juego y no le quitaba a los ojos de encima a Guadalupe, mi prima. A pesar de todo el raje que hice, fue espectacular.
Es maravilloso ver cómo niños completamente desconocidos se hacen amigos en 2 minutos y se divierten al máximo con las cosas más simple como un globo, un juguete de plástico o cualquier cosa que encuentren tirada.

El zambito cachetón travieso y juguetón que un día fui, sigue vivo dentro de mí. Ese zambito que tenía prohibido moverse de su silla hasta que el payaso salga. El mismo zambito que, una vez que salía el payaso, no regresaba a su silla ha no ser que sea para pedirle algo a su mamá en el juego de El rey manda o para dejar los dulces que ganaba por participar o después de ser pisoteado por un dulce en la piñata. Ese zambito cachetón travieso y juguetón revive cuando veo un globo, una vendedor de burbujas por la calle, una serpentina, pica-pica o plastilina. El zambito cachetón travieso y juguetón sólo morirá cuando se acaben los payasos y las canciones infantiles en el mundo, antes no, sin importar lo que haga cuando él "duerma".

jueves, 12 de julio de 2012

3 eternos minutos.

Un día más de trabajo. Un día más de estar parado 8 horas sirviendo café, jugos y licores. Un día más de lo mismo. De pronto, una figura masculina entra al restaurante con polo blanco y pantalón negro que se ajustan muy bien a su trabajado cuerpo, el cual combina muy bien con su peinado y sonrisa.

Se deja notar ansioso, como si quisiera encontrar algo o alguien con rapidez. Mueve la cabeza de un lado a otro y no lo halla. Se detiene y me mira fijamente. Parece que ha encontrado lo que buscaba: soy yo. No aparta la mirada de mí. Camina lentamente y sonríe. Me emociono y espero fervientemente lo que tiene que decirme. Una de mis compañera lo intercepta para preguntarle qué quiere, él le dice que no hay problema, que va a hablar conmigo. Desespero aún más. El local parece haberse alargado más que la cancha de fútbol de Los Supercampeones. Cuando llega a mí le sonrío para quitar el estrés del ambiente y darle pie a lo que sea que tenga que decirme. Cada segundo es eterno y determinante. Cuando por fin se decide a hablar, me dice: "Una orden de tequeños para llevar, por favor."

Acabo de entender a Selena Quintanilla cuando canta El chico del apartamento 512.

miércoles, 4 de julio de 2012

Miedoso por excelencia.

Hoy iba caminando por la calle e, inconscientemente, extendí mi brazo, empujé una puertita de metal y pasé muy rápido. Sí, le tengo miedo a las puertas de metal.

Cuando era un niño, mi mamá me prohibía pasar por delante de las puertas de metal para evitar que me golpeen, pues muchas veces las abren bruscamente. Así durante toda mi niñez. A veces, cuando iba solo y veía alguna de esas puertas, bajaba a la pista para evitar ese golpe mortal que podría causarme una de esas fortísimas y salvajes puertas. Al menos eso pensaba que pasaría.

Conforme fui creciendo (bien despacio y no mucho), preferí usar el poder de mi mano para detener aquel golpe mortal y, así me ahorraba los 6 o 7 pasos que involucran bajar a la pista y subir a la vereda nuevamente. Aun así, no puedo evitar ponerme nervioso o, más bien, tenso cada vez que paso por una de esas tenebrosas puertas de metal. Igualmente, le tengo miedo a los kioskos que sólo sostienen sus ventanas con un palo delgado de metal o madera, pues me puede caer en la cabeza y matarme o mucho peor. ¡Y ni qué decir de los estibadores! Qué pánico les tengo. No puedo pasar cerca de ellos ni por chiste.

Para no hacerla más larga (y para no sonar TAN tonto con mis miedos), ya no mencionaré más, pero con todo esto he concluido que le tengo miedo a lo súbito. Cualquier cosa que pase de manera repentina hará que me paralice y enerve mucho.

No reacciono rápido casi nunca. Le temo a hablarle a gente que no conozco ("Romper el hielo" le dicen). sudo y me baja la presión cuando tengo que exponer, etc. Todo porque mi mamá me obligó a no pasar delante de las puertas de metal. ¡Gracias, mami!

viernes, 3 de febrero de 2012

Un párrafo.


Debo advertirles que este post no sigue las comunes reglas ortográficas debido a que lo he escrito como si fuera un monólogo teatral. Además, advierto que está super emo.

Sentado en la sala. Solo. Luna y Reyna me han abandonado. La cajetilla de cigarros a mi lado. Mis ganas de fumar son grandes, mis energías para hacerlo, no. Recibiendo y respondiendo mensajes de Bryan, un amigo tuitero (@_Tokudo). El cenicero se torna llamativo; creo que por fin encenderé el primer cigarro de la noche. Espero no fumar mucho. Jaló el cenicero a mi lado izquierdo, prendo el cigarro. Escribo lo que acabo de hacer. Intento fumar y me doy cuenta que el cigarro se había apagado. Vuelvo a prenderlo. Siento esa pesadez anímica que Bryan también siente. Sigo escribiendo, fumando...existiendo. Un chico se pone a hablar con su enamorada en la ventana de mi casa y le dice que la ama. Me pongo peor. Reviso si lo escrito tiene faltas ortográficas. Asumo que no en la segunda línea. Mi conversación con Bryan continúa. Mi hermana grita y recuerdo mi infancia. A los 30 segundos desisto. Mi infancia no fue muy buena, mejor olvidarla. ¿Olvidar? No, nunca he sido bueno en eso. Repentinamente mis ex's vienen a mi pensamiento. ¿Ven? No puedo olvidar. No sé, no quiero. Tengo hambre. Sigo fumando, sentado en la sala, solo. Juego con el humo del cigarro y creo estar haciendo aros con él. Tampoco soy bueno en eso. Sonrío. Un mensaje más. Las 11:00. Solo. No estoy deprimido, estoy...así. Apago el cigarro. 3 minutos han muerto por quedarme estático mirando nada y todo. "¿Soy bueno en esto?" - me pregunto. No respondo, nadie responde. Un cigarro más; este no se apagó. Baja mi papá y me ve fumando. Espero su reacción...lo que esperaba. "¡¿Estás fumando?!" - pregunta. Afirmo con la cabeza y escribo. Veo el reloj y son las 11:11. Me alisto para pedir mi deseo y cambia a 11:12. Lo perdí. Me voy haciendo a la idea de que mañana me sermonearán por lo del cigarro. Ni modo, fumo: acéptenlo. Suena el teléfono. Mi amiga y sus problemas. Corta, quizás sin notar mi desánimo. Vuelve a llamar y me anima un poco, sin darse cuenta. Lindas mis amigas. Voy cambiando de ánimo lentamente por los mensajes y llamadas. Quizás no estoy solo, sólo me siento solo. Creo que ya estoy mejor. Me he alegrado. 11:25. Ya se me pasó. Chau. Gracias, supongo.

miércoles, 4 de enero de 2012

Desmotivación.


Sentado en el bus de camino a las clases de teatro, tocado por la música corta venas que estaba sonando en mi celular en ese momento y un poco sentimental por lo que me había pasado la noche anterior, sentí la fuerte necesidad de sacar mi libreta de 'posts en bruto' y, sin tener nada claro en la mente y casi sin darme cuenta, empecé a escribir. No sabía sobre qué quería escribir, pero quería hacerlo. Quería escribir algo, cualquier cosa, ¡lo que sea!

Empecé a pensar en temas sobre los que podía escribir. De inmediato descarté algunos. 

"No quiero escribir sobre amor" - me dije- porque no creí estar emocionalmente apto para hacerlo debido a los hechos recientemente acontecidos en mi vida, y no quería un post todo emo. 

"No quiero escribir sobre autoestima y cosas así". Ya lo he hecho antes y no quería repetir. Además, ya lo he dicho todo al respecto. 

"¡Quiero escribir algo divertido, interesante y de algún tema chévere!"...y fue ahí cuando mi mente dejó de funcionar por completo. No se me ocurría nada. Ni una sola idea, por estúpida que fuera, venía a mi cabeza. "Quizás no esté inspirado" - pensé.

Pero no quería dejar de escribir, de tener un lapicero entre mis dedos mientras desfogaba emociones en una hoja de papel, ni quería dejar de sentir "eso" que se siente al escribir.

"¡En fin! Creo que no escribiré nada." - dije, un poco molesto y frustado por no haber escrito mucho. Curiosamente, ya me sentía mejor que cuando había empezado a  intentar escribir.