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jueves, 12 de julio de 2012

3 eternos minutos.

Un día más de trabajo. Un día más de estar parado 8 horas sirviendo café, jugos y licores. Un día más de lo mismo. De pronto, una figura masculina entra al restaurante con polo blanco y pantalón negro que se ajustan muy bien a su trabajado cuerpo, el cual combina muy bien con su peinado y sonrisa.

Se deja notar ansioso, como si quisiera encontrar algo o alguien con rapidez. Mueve la cabeza de un lado a otro y no lo halla. Se detiene y me mira fijamente. Parece que ha encontrado lo que buscaba: soy yo. No aparta la mirada de mí. Camina lentamente y sonríe. Me emociono y espero fervientemente lo que tiene que decirme. Una de mis compañera lo intercepta para preguntarle qué quiere, él le dice que no hay problema, que va a hablar conmigo. Desespero aún más. El local parece haberse alargado más que la cancha de fútbol de Los Supercampeones. Cuando llega a mí le sonrío para quitar el estrés del ambiente y darle pie a lo que sea que tenga que decirme. Cada segundo es eterno y determinante. Cuando por fin se decide a hablar, me dice: "Una orden de tequeños para llevar, por favor."

Acabo de entender a Selena Quintanilla cuando canta El chico del apartamento 512.

miércoles, 4 de julio de 2012

Miedoso por excelencia.

Hoy iba caminando por la calle e, inconscientemente, extendí mi brazo, empujé una puertita de metal y pasé muy rápido. Sí, le tengo miedo a las puertas de metal.

Cuando era un niño, mi mamá me prohibía pasar por delante de las puertas de metal para evitar que me golpeen, pues muchas veces las abren bruscamente. Así durante toda mi niñez. A veces, cuando iba solo y veía alguna de esas puertas, bajaba a la pista para evitar ese golpe mortal que podría causarme una de esas fortísimas y salvajes puertas. Al menos eso pensaba que pasaría.

Conforme fui creciendo (bien despacio y no mucho), preferí usar el poder de mi mano para detener aquel golpe mortal y, así me ahorraba los 6 o 7 pasos que involucran bajar a la pista y subir a la vereda nuevamente. Aun así, no puedo evitar ponerme nervioso o, más bien, tenso cada vez que paso por una de esas tenebrosas puertas de metal. Igualmente, le tengo miedo a los kioskos que sólo sostienen sus ventanas con un palo delgado de metal o madera, pues me puede caer en la cabeza y matarme o mucho peor. ¡Y ni qué decir de los estibadores! Qué pánico les tengo. No puedo pasar cerca de ellos ni por chiste.

Para no hacerla más larga (y para no sonar TAN tonto con mis miedos), ya no mencionaré más, pero con todo esto he concluido que le tengo miedo a lo súbito. Cualquier cosa que pase de manera repentina hará que me paralice y enerve mucho.

No reacciono rápido casi nunca. Le temo a hablarle a gente que no conozco ("Romper el hielo" le dicen). sudo y me baja la presión cuando tengo que exponer, etc. Todo porque mi mamá me obligó a no pasar delante de las puertas de metal. ¡Gracias, mami!