Esta semana he tenido dos experiencias con fiestas infantiles: una mala y una muy satisfactoria.
La primera fue cuando fui a recoger a mi prima de 12 años a la fiesta de su amiguita del colegio. Asumí que habrían chocolates, caramelos, torta, piñata, dalina, payaso, sorpresas y todas esas cosas que caracterizan (o caracterizaban) a una fiesta infantil. La triste realidad fue que salió de la fiesta con las manos vacías. Sí, vacías. "¡¿Y los dulces?!" - exclamé de inmediato. Alejandra, mi prima, y Silvia, mi tía, me miraron como diciendo: "¿Qué te pasa?". En realidad, me lo dijeron. "Es una fiesta de 12 años, ¿cómo crees que van a haber dulces?". Sonreí para disimilar mi asombro.
Estuve consternado todo el camino de regreso. Al bajar de la movilidad dije: "No quiero vivir en un mundo donde las fiestas de niñas de 12 años (que yo considero como fiestas infantiles) son sin dulces. ¡¿Dónde quedó todo eso?!". Luego lo publiqué en Facebook.
Creo que lo que más me sorprendió fue la normalidad con la que lo tomaba mi tía. Es decir, ¿no le preocupa el futuro de su hija?
Se está perdiendo todo sentido de inocencia en los niños. Ya no quieren ver programas tipo Plaza Sésamo, Barney o Teletubbies. Ahora prefieren ver Combate, sufrir con Al fondo hay sitio y las infinitas bodas fracasadas de Charito y saberse la coreografía y letra de todas las canciones de Chino y Nacho.
En serio, no quiero un mundo así.
Al día siguiente fui al cumpleaños de una prima a la que recién ahí conocí. Mi familia es muy unida. Cumplía 2 años y estaba preciosa de rosado con varios moñitos en la cabeza. Hello kitty por toda la casa, un arsenal de globos, torta, Olé-Olé, chupetines y demás dulces en la mesa. ¡Esta sí era una fiesta infantil!
Fui increíblemente feliz estando allí. Bailaba como la dalina en una esquina, participé en un juego y no le quitaba a los ojos de encima a Guadalupe, mi prima. A pesar de todo el raje que hice, fue espectacular.
Es maravilloso ver cómo niños completamente desconocidos se hacen amigos en 2 minutos y se divierten al máximo con las cosas más simple como un globo, un juguete de plástico o cualquier cosa que encuentren tirada.
El zambito cachetón travieso y juguetón que un día fui, sigue vivo dentro de mí. Ese zambito que tenía prohibido moverse de su silla hasta que el payaso salga. El mismo zambito que, una vez que salía el payaso, no regresaba a su silla ha no ser que sea para pedirle algo a su mamá en el juego de El rey manda o para dejar los dulces que ganaba por participar o después de ser pisoteado por un dulce en la piñata. Ese zambito cachetón travieso y juguetón revive cuando veo un globo, una vendedor de burbujas por la calle, una serpentina, pica-pica o plastilina. El zambito cachetón travieso y juguetón sólo morirá cuando se acaben los payasos y las canciones infantiles en el mundo, antes no, sin importar lo que haga cuando él "duerma".