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jueves, 12 de julio de 2012

3 eternos minutos.

Un día más de trabajo. Un día más de estar parado 8 horas sirviendo café, jugos y licores. Un día más de lo mismo. De pronto, una figura masculina entra al restaurante con polo blanco y pantalón negro que se ajustan muy bien a su trabajado cuerpo, el cual combina muy bien con su peinado y sonrisa.

Se deja notar ansioso, como si quisiera encontrar algo o alguien con rapidez. Mueve la cabeza de un lado a otro y no lo halla. Se detiene y me mira fijamente. Parece que ha encontrado lo que buscaba: soy yo. No aparta la mirada de mí. Camina lentamente y sonríe. Me emociono y espero fervientemente lo que tiene que decirme. Una de mis compañera lo intercepta para preguntarle qué quiere, él le dice que no hay problema, que va a hablar conmigo. Desespero aún más. El local parece haberse alargado más que la cancha de fútbol de Los Supercampeones. Cuando llega a mí le sonrío para quitar el estrés del ambiente y darle pie a lo que sea que tenga que decirme. Cada segundo es eterno y determinante. Cuando por fin se decide a hablar, me dice: "Una orden de tequeños para llevar, por favor."

Acabo de entender a Selena Quintanilla cuando canta El chico del apartamento 512.

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